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Mon, Aug

Aventuras de Arcadio Martínez*

Istmo
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Viejecito ahora de setenta y cinco años, con el cuerpo casi caído hacia adelante, en sus buenos tiempos Arcadio Martínez había sido un hombre que rebosaba salud.

A sus treinta y cinco años fue un día a su chahuital, al sur de Juchitán. Cuando volvía para su casa, precisamente, al cruzar el río, le alcanzó un recado de su venus, hermosa morena de mirar de fuego, en el cual le decía que lo esperaba en la noche, porque su familia se iba de fiesta a la población y ella estaría sola en la casa. ¿Qué más podría desear un corazón embriagado de amor, al recuerdo de las dificultades que tenía para verla, por los celos de sus padres que no lo querían? Sin pensarlo mucho, se dirigió presuroso a obsequiar la inesperada cita, caminando bajo una plateada luna con inmensa alegría en su romántico corazón. Se imaginaba que ella también estaría ansiosa, con él, deseando que llegase pronto para que en aquella choza desarrollaran su tierno idilio.
Se acercó a la ranchería, imaginando que su linda paloma lo iba a recibir con dulces sonrisas y con besos de amor. El palpita de su corazón se tornó más violento y fuerte. Sus nervudos pies se hicieron flácidos y no le permitían que devorara la distancia, precisamente cuando había advertido los fulgores de una luminaria que le presagiaba algo malo. Perseveró en saber lo que era y cuál no sería su sorpresa al ver que la casa de la amada estaba totalmente envuelta en llamas que se arremolinaban, consumiéndola. Acongojado se abandonó en tristes pensamientos. De pronto, sin darse cuenta, se fue metiendo poco a poco bajo el bejuco de un rompecapas sin pensar que las venenosas culebras bien podrían estar allí escondidas.
Desde ese lugar vio que las llamas tostaban las verdes hojas de la arboleda que circundaba la casa. Oyó los traquidos y el derrumbe del techo. Pensó que, seguramente, que su enamorada ya había sido víctima del voraz incendio. Pero en vez de ir a sacrificarse por ella, que acaso moría desesperada, recordándole rápidamente, le invadió una manifiesta cobardía. Se volvió sobre sus pasos y como un gallo acobardado que deja caer sus alas salió huyendo rápidamente por escondidas veredas con la calenturienta idea de que, si alguien lo había visto, era indudable que lo harían responsable del desastre, porque los padres de ella no lo toleraban.
No se detuvo ya en su chahuital, sino que se fue de frente hasta su casa y sin revelar nada a nadie se propuso dormir. Quizá por la fatiga, pronto concilio el sueño y soñó sobre saltado con las amargas quejas de su novia que le reprochaba el no haberla ido a rescatar de la terrible muerte por el fuego. Despertó triste, avergonzado y taciturno sin discutir lo que debió de hacer.
La necesidad de continuar su siembra empezada el día anterior le obligó encaminarse a ella, callado siempre y a la expectativa de saber algo de la angustia pasada por boca de algún vecino del lugar. Tentado al fin por la curiosidad, y de nuevo bajo el impulso de su amor, el tercer día marchó a cerciorarse de lo sucedido.
Seguro de que iba sólo por veredas escondidas en las altas horas de la noche, procedía con mucha precaución, pero con paso resuelto. El ruido producido por cualquier hojarasca impelida por el viento lo estremecía profundamente. El murmullo aleteo de los murciélagos se le figuraban el espíritu de su novia muerta y los seguía como si persiguiera sombras fantásticas con quienes quisiera hablar.
Al acercarse al rancho acortó sus pasos y, de modo parsimonioso, iba aproximándose, pero siempre resguardado por los matorrales. De repente se detuvo asombrado, porque con la claridad de la luna llena, que resplandecía bajo el cristal del cielo, pudo percibir perfectamente que la misma casa que había creído ver devorada por las llamas, estaba en su lugar, entera, intacta, sin que nada le hubiera sucedido.
El 31 de octubre de 1927 el propio viejecito Arcadio Martínez, llenó de vergüenza y de desprecio hacia sí mismo, mientras arreglábamos ofrendas de Todos Santos, me confirmó esto que le había sucedido y se condolía de que en el corazón de un juchiteco hubiera sitio para tan tremenda cobardía.

• Tomado del libro: Tradiciones y Leyendas del Istmo de Tehuantepec/Autor: Gilberto Orozco/Revista Musical Mexicana 1946